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Estaba listo para un montón cosas: para las enfermedades, para las operaciones, para las llamadas de emergencia a media noche, para dormir en el piso de las salas de espera, para las sosobra de los informes médicos, para cambiarle los pañales, para ver sus terroríficas curaciones, para la burocracia del sistema de salud mexicano y etc.

Para lo que no estaba listo era para verlo perder su cordura.

Mi padre ya no distingue lo que vive de lo que sueña. Ya casi no habla, y lo poco que dice son incoherencias, fabricaciones de una mente extraviada. Ya no sabe donde esta o que año es, o que pasó hace 10 minutos.
Yo trato de seguir su platica, y decirle que si, que llegue a Querétaro en taxi, y que tendré cuidado en el camino de regreso, y que no se que hará con toda esa carne para el asado... y que no esta en un hospital, que si puede caminar y que no es un pañal eso que trae puesto. Luego algo pasa y por un instante recuerda donde esta y se queda callado, con la mirada extraviada en la ventana, los ojos bien abiertos dejando que su mente se despida.
Sigo yendo diario al hospital, a atenderlo, a cambiarlo, a darle de comer, a tratar de platicar con él. Pero cada vez hay menos que hacer, Ha dejado de comer y de charlar. Cuando llega el momento de irme, me parte el corazón cuando me dice que si se puede regresar conmigo, qué si no como se va a volver de Querétaro él solo.
Ojalá encuentre el camino de regreso.



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