Esa vez que fui albañil, parte 3

Supongo que me desmayé por la insolación. No recuerdo si caminé o me cargaron a la oficina del arquitecto ni que pasó en el trayecto. Lo único que recuerdo es la sensación de frescura de un lugar techado y un póster de una vedette de la época luciendo un diminuto bikini. ¿Era Olga Breeskin o la Tigresa?... tampoco recuerdo eso, lo que si recuerdo con claridad era que un caminito de vello salía del bikini y subía hasta el ombligo de dicha vedette... eso si me sacó de onda. El póster estaba pegado a la pared de lamina con un masking tape tieso y amarillento.


El arquitecto me sirvió un vaso de agua y me comentó que en un rato más me podría llevar a mi casa. Sentado en una silla plegable, yo podía sentir mi enrojecida cara, totalmente  quemada por el sol, y el ardor en mis pantorrillas, propio del cemento metiéndose en los cientos de raspones que me hice con el alambre recocido y las varilla salidas. No estoy siendo quisquilloso al asegurar que realmente me sentía mal.
Luego de un rato de chillaxear en la oficina, el arquitecto me llevó en su mustang de vuelta a mi casa. Me comentó algo sobre la importancia de la escuela y no se que más, la verdad no le puse mucha atención.
Apenas crucé la puerta me derrumbé en el sillón al lado de la entrada. No me importó llenar todo de tierra y cemento, lo único que quería era sentir la tela fresca del sillón sobre mi rostro chamuscado. Mi hermana, 2 años mayor que yo, ya estaba en casa, así que asumo eran cerca de las 2 pm. Acostado, le conté los horrores de mi desventura y la naturaleza de mi estado físico, y lo único que atinó a hacer fue ponerme un paño húmedo en la frente, como le hacen a los enfermos en las películas... supongo que veíamos mucha televisión.
Mi mamá regresó un par de horas después. Yo seguía acostado en el sillón tratando de recuperarme. Apenas cruzó la puerta empezó a echarme pancho sobre que hacia ahí, que los albañiles trabajan hasta las seis de la tarde y que tenia que regresar a la construcción para terminar mi turno. Yo básicamente le respondí que estaba loca si creía que iba a regresar a ese horrible lugar de varillas salidas e inexplicables caminitos de pelo hacia el ombligo. Seguramente le habré gritado, porque a esa edad yo gritaba todo el tiempo. Mi gritería era tan intensa y frecuente en esa época, que me lesioné las cuerdas vocales de por vida. Durante una temporada me quedé sin voz, y aun ahora, si hablo mucho me quedó sin voz. El caso es que por gritarle a mi mamá me gané un buen coscorrón, un jalón de pelos y que me llevara de las orejas al auto para volver a la construcción. No me quedó de otra más que suplicar clemencia, y jurar que no volvería a faltar a la escuela nunca nunca nunquita.
El juramento no lo tomé muy en serio, porque un par de semanas después, intenté escaparme de la escuela escalando la malla ciclónica que servia de barda. Desafortunadamente, el escape se vio frustrado por el alambre de púas que descansaba mañosamente encima de la malla. Por ver donde ponía los pies, y los juegos que estaban afuera de la escuela, no me fijé donde ponía la mano y me hice un tajo enorme justo a la mitad de la palma derecha. No se como bajé de la malla, ni como llegué al baño, sólo recuerdo la sangre que brotaba de la profunda cortada, y que no dejaba de salir sin importar que tanta agua le echara.  No me quedó de otra más que ir a la enfermería, donde luego de curarme me mandaron a casa. Recuerdo perfecto la sensación de angustia por tener que contarle a mi mamá que me había lesionado tratando de escapar de la escuela... y que luego me quisiera mandar de nuevo a trabajar en la construcción... y yo no podía andar cargando tabiques con la mano así como la tenia. Decidí que lo mejor era mentirle y argumentar que me había cortado de otra manera... tal vez que me habían atacado unos ninjas a la hora del lunch o algo así. No recuerdo cual fue mi justificación. Lo que si recuerdo es que esa fue la ultima vez que intenté faltar a la escuela en mucho mucho tiempo. MI mamá lo había conseguido. Cada vez que pensaba en no ir a la escuela, la sola idea de imaginar ladrillos en mi mano cortada era suficiente para desmotivarme. Aun tengo la cicatriz de la cortada, perdida con el envejecimiento entre la linea de la vida y la del dinero, deformada entre miles de ampollas de baquetas y machucones de centurys cuequeros traicioneros. Como todo lo que nos forma, se extravía en el laberinto de lo que somos... como los vellitos de la vedette que se extraviaban llegando al ombligo.
Y eso es lo que pasó, esa vez que fui albañil.

Comentarios

Me encantó, yo en la dolescencia iba a una escuela de puerta abierta. La idea de que desde jóvenes teníamos que hacernos responsables de nuestro tiempo permeaba en el colegio, lo cual ahorró a muchos ese tipo de accidentes de fuga. Muchas gracias :)
Juan Evers dijo…
Gracias por pasar!
JL dijo…
Yo creo que en la prepa ya se le había olvidado todo esto, porque había épocas en las que francamente era complicado recordar con exactitud la última vez que se le había visto yendo a una clase. Jajajajaja.
Juan Evers dijo…
A lo mejor se le hacia difícil recordar porque usted y yo nunca fuimos en el mismo grupo.

saludos
JL dijo…
No hacía falta estar en el mismo grupo. Tenía a mi infiltrado que me ponía al tanto de lo que ocurría.

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