El regreso a California.- San Francisco 3

Llegamos a Sausalito que es como el Tepoztlán güero: Un pueblito bien pintoresco de harto billete y atiborrado de turistas. Gracias a las incontables escalas en el recorrido, es ya bastante tarde, así que debemos correr al Ferry para apartar nuestro regreso. La fila para subir es impresionante, como las colas para transbordar en el metro Tacuba. Yo estoy dispuesto a regresar a San Francisco en bici, pero la lengua salida de la pioja y su ropa empapada de sudor me advierten que si quiero sobrevivir para conocer el Amoeba de San Francisco, no debo ni siquiera susurrarlo. Así que básicamente, hicimos un viaje de 4 horas en bici para llegar a formarnos otras dos horas, o al menos eso es lo que yo pienso.
Una persona va recorriendo la fila preguntando por las personas que traen fichas blancas, ya que las enseñan, pasan directamente al ferry sin tener que formarse... así que para eso eran las fichas que nos ofrecía la rusita, yo por la costumbre, pensé que eran como en los tables, para algún privado o algo así, pero como iba con la pioja, no me pareció de caballeros. ("¡por supuesto que no las queremos!, ¡Quién cree que somos!, ¿verdad pioja? ¡Es aberrante!")
Estacionamos las bicis y vamos por algo para comer; Recordamos los consejos del australiano bicicleto y las aseguramos con extremada exageración: les ponemos el candado en el cuerpo y no en la llanta, luego le hacemos un nudo marinero con la cuerda que sujeta el casco, y con las agujetas de los tenis amarramos las ruedas. Yo hasta mi cinturón le amarró para que no haya falla. Sólo Harry Houdini se va a poder robar mi bici. 
El plan era comer en un lugar sensacional de hamburguesas en Sausalito que alguien de México, conocedor absoluto de la buena vida, nos recomendó ampliamente. Obviamente, por la hora ya está cerrado, así que terminamos comiendo una pizza medio gacha hecha por unas chiapanecas muy simpáticas, bueno, en realidad la pioja se come la pizza, a mi no me da mucha confianza asi que mejor me como algunos salt water taffys que compramos en una tiendita cercana. ( ¿se acuerdan del episodio de Friends en el que Ross va a Montawk y se come como un millón? bueno, desde entonces he tenido mucha curiosidad por saber que era eso. Resulta que son viles chiclosos, que aparte nos salieron carísimos... como en lo de 3 discos del Amoeba... pero bueno, no estaban tan mal. Esos me los comí luego luego, para que no me pasara como con mis junior mints, que también desde Seinfeld quise probar, y que se me derritieron en el viaje de ida a San Francisco. No me iba a pasar lo mismo de nuevo. Por cierto, basar mi nutrición en lo que veo en TV es la mejor idea!!!... Pero supongo que es como con los venezolanos que vienen a México después de ver el Chavo y lo único que quieren comer  es tortas de jamón.)
Por nuestra neurosis de perder el Ferry apenas podemos ver un par de cosas de Sausalito. Regresamos a la fila y casi de inmediato empieza a avanzar. ¡Oh Shit! ¡Y yo todavía debo desatar mi bicicleta!
La pioja se queda formada cargando la pizza, las mochilas, los cascos y los salt water taffys y yo corro por las bicis. Primero sufro para ubicarlas, ya que el estacionamiento es enorme y todas las bicis son iguales. Una vez que las encuentro, abro los candados, desato los bongie cords, corto las agujetas y desatoro el cinturón. Corro hasta donde esta la pioja cargando las dos bicicletas y subimos al Ferry sin problemas. Ya arriba nos damos cuenta de que nos adelantamos y tomamos el Ferry anterior al que nos tocaba... y subimos sin problemas... podríamos haber visto todo el pueblito sin prisas, pero ya ven,  a veces se nos olvida que no estamos en México.
El viaje en el Ferry es impresionante: vemos Alcatraz y escuchamos a los leones marinos. A lo lejos el puente de Oakland con su nuevo anexo se ve hermoso. Según nos vamos acercando a San Francisco llegamos a un enorme banco de niebla que se ve más o menos así:


Ferry720 from PFR on Vimeo.

Todo es perfecto.
Llegamos al muelle 39 cuando el sol se está ocultando. 
Pedaleamos las 4 calles hasta donde se entregan las bicis rentadas. Nos las recibe un ruso gigantesco y malencarado, que con un garrote en la mano, revisa afanosamente que nada falte. ¿Dónde quedaron las cositas coquetas que nos las rentaron originalmente? Estos cuates son como los de las tarjetas de crédito: bien buena onda cuando te las dan, y como suegras cuando te las cobran. 
Afortunadamente nada nos falta.
Compramos nuestras chunches de turistas en el muelle 39. Aprovechamos para pasar a una cosa que se llama "The chocolate museum" o algo así y compramos muchas cosas ricas que inevitablemente se derretirán camino a Los Angeles.
Regresamos a casa de Biovo ya de noche,  en un trolebús viejito, repleto de hobos y turistas. Sobre Market Street hay muchos tipos de color vendiendo mota y crack afuera de los hoteles cuchitos. Varios integrantes de un grupo en el que solía tocar se sentirían bendecidos con la oferta y practicidad. Tengo un breve flashback a la época en la que me tocó quedarme en hoteles así, y me siento afortunado de no tener que hacerlo más.
Estoy resuelto a no visitar el Amoeba de San Francisco, pero, como los adictos afuera de los hoteles cuchitos, se que no podré evitarlo: just a little taste maaaaan!
CONTINUARÁ

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